Un blog de Miguel Ángel López Molina                                                                                                                   miguel@ylogica.com  

 

Un cuento por San Valentín 

No corrían buenos tiempos para el glamour, pero la vida, terca e invencible, seguía viajando en vaqueros, colgada en la barra trasera del 57.

Miguel A. López

Iba en el 57, como tantas noches. Ese cascarón de hierro crujía en cada bache, sacudía el cansancio de los cuerpos y arrastraba, como si fuera un río de metal, los despojos de una jornada sin descanso. Yo, en la plataforma trasera, con el macuto al hombro y la mirada perdida en las luces de la ciudad. Madrid era entonces un monstruo con pulmones de hollín y tripas de barro, un enjambre de vidas que apenas rozaban la esperanza.

Ella subía en Atocha. Siempre en Atocha. Su presencia tenía algo de cita no concertada, de azar inevitable. Buscaba asiento, pero el azar –o lo que fuera– siempre la dejaba cerca de mí. Nunca supe si era casualidad o si en algún punto, sin decirlo, los dos habíamos aprendido a esperarnos.

Hablábamos. No siempre, pero cuando lo hacíamos, el tiempo se plegaba sobre sí mismo. A veces, sus palabras eran un desafío, una chispa en la pólvora de mis certezas. Otras, eran refugio. Pero lo que más recuerdo es su risa, breve y certera, como un relámpago que iluminaba por un instante la noche.

No hubo una última vez. O si la hubo, no la reconocí. Un día, simplemente, dejó de subir en Atocha. Quizá encontró otra ruta, otro destino. Quizá la vida la arrancó de mi costumbre sin siquiera preguntarle.

Los años pasaron con la misma prisa que aquel autobús cuesta arriba por el Puente de Vallecas. Todo cambió, salvo una certeza: lo que cuenta no es cuánto tiempo compartimos con alguien, sino la huella que deja en nuestra piel, en nuestra forma de mirar el mundo.

No sé por qué hoy me asalta este fugaz recuerdo. Quizá, porque en el fondo, sé que todos somos un poco como aquel viejo 57, llenos de pasajeros que suben y bajan sin previo aviso. Y que, al final, lo único que realmente nos pertenece son esos instantes en que dejamos de ser más que una sombra pasajera, momentos en los que realmente vivimos. Más vivos que el olvido mismo, más vivos que el ayer, más vivos por el mejor presente.

Miguel Ángel López Molina

14/02/2025

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