Un blog de Miguel Ángel López Molina miguel@ylogica.com
“Si sigues pensando que te pierdes algo cuando no miras tu móvil, te lo digo claro: lo que realmente te estás perdiendo no tiene botones ni brillo”.
Miguel A. López
Me desperté con esa sensación que tienes a veces de haber dormido demasiado. O demasiado poco. No estaba segura. El sol se filtraba por la ventana del salón, tiñendo de naranja las motas de polvo suspendidas en el aire. Miré el reloj que colgaba de la pared. No funcionaba. Cogí el móvil para ver la hora. Pantalla en negro.
Fruncí el ceño. Lo pulsé varias veces. Nada. Lo sacudí. Nada. Lo conecté al cargador. Nada: Silencio absoluto.
—Genial… —murmuré.
El móvil no encendía. El WiFi parecía haber desaparecido por completo. Ningún pitido de notificación, ningún mensaje iluminando la pantalla con promesas de distracción. Sentí una extraña incomodidad en el pecho, un vacío, como si estuviera desconectada del mundo.
Respiré hondo. No pasa nada -me dije- Un día sin móvil no me mataría. Podría aprovechar para leer. Hacer algo productivo.
Tal vez salir a dar un paseo.
Pero cuando me acerqué a la puerta, la manilla no cedió.
Giré con más fuerza. Nada.
Fui a la ventana. Cerrada. No había pestillo, pero por más que tiré, no se movió ni un centímetro.
El corazón me latía en los oídos. Me alejé, intentando razonar. Debe haber una explicación lógica. Algo en la estructura de la casa o en mi propia percepción de la realidad. No podía estar atrapada en mi propia casa. No era posible.
Volví a intentarlo con la puerta. Con la ventana. Con cada salida, cada rendija, cada alternativa. Golpeé, grité, llamé a alguien—a cualquiera—pero nadie respondió. En el mundo exterior había un silencio sepulcral.
Miré mi reflejo en el televisor apagado. Algo no encajaba. Me vi… pero no exactamente. El rostro era el mío, sí, pero la expresión… era como si alguien más me estuviera imitando. Como si mi reflejo llegara con un segundo de retraso.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Entonces vibró el móvil.
Un solo sonido. Corto. Preciso.
La pantalla, que había estado muerta hasta ese instante, se encendió de golpe. Un resplandor blanco iluminó la habitación, proyectando sombras largas y distorsionadas.
Me acerqué, con el estómago encogido. En la pantalla solo había un icono: una cámara frontal activada.
Y en la imagen reflejada no estaba mi cara.
Estaba yo.
Yo, en mi salón, con la misma ropa, la misma postura. Pero dentro de la pantalla.
Parpadeé. Mi yo digital me devolvió el gesto. Pero su mirada era distinta. Más nítida. Más enfocada que la mía.
Mi respiración se volvió errática. Quise soltar el móvil, pero mis manos no respondieron.
—¿Qué…?
Y entonces lo entendí.
No estaba mirando la pantalla.
La pantalla me estaba mirando a mí.
La vibración volvió, esta vez más fuerte. El salón se oscureció. Mi reflejo digital sonrió. Y antes de que pudiera gritar, antes de que pudiera correr, la imagen me absorbió con un destello.
Un parpadeo.
Silencio.
Ahora todo es negro. Todo es luz azul. Todo es código. Todo es algoritmo
Desde el otro lado del cristal, veo mi casa. Veo mi teléfono apoyado en la mesa. Veo cómo la pantalla negra refleja un rostro que ya no es mío.
Y veo, horrorizada, que alguien—una sombra con mi forma—alarga la mano y desbloquea el móvil.
Abre una aplicación.
Toca la cámara.
Y sonríe.
Fin
"Miramos pantallas para no perdernos nada, y en el reflejo nos perdemos a nosotros mismos."
Miguel Ángel López Molina
21/03/2025
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